Mudarse a Alemania desde España no exige visado —la libre circulación dentro de la Unión Europea lo simplifica casi todo— pero sí una secuencia de trámites que conviene hacer en el orden correcto, porque cada uno depende del anterior. Quien los desordena se queda atascado: no se puede abrir según qué cuenta sin dirección registrada, ni firmar el contrato de trabajo sin número fiscal. Esta es la ruta habitual de los primeros meses.
1. El empadronamiento (Anmeldung): el primer paso de todo
Antes que ninguna otra cosa está el Anmeldung, el registro del domicilio en la oficina de empadronamiento (Bürgeramt o Einwohnermeldeamt). Es obligatorio dentro de las dos semanas siguientes a instalarse en una vivienda, y de él cuelga todo lo demás: el número fiscal, la cuenta bancaria, el contrato de móvil. Para hacerlo hacen falta el pasaporte o DNI y la Wohnungsgeberbestätigung, una confirmación firmada por el casero de que uno vive allí. A cambio se recibe el Meldebescheinigung, el certificado de empadronamiento que se pedirá una y otra vez. En las grandes ciudades la cita previa puede tardar semanas, así que conviene reservarla cuanto antes, incluso antes de tener la mudanza cerrada.
2. El número fiscal y la seguridad social
Pocos días después del empadronamiento llega por correo, de forma automática, la Steuer-ID (identificación fiscal), un número de por vida que el empleador necesita para pagar la nómina sin retenerla al máximo. Quien va a trabajar también tramitará un Sozialversicherungsnummer (número de seguridad social), que suele gestionar la propia empresa o la caja del seguro médico. Sin estos números se cobra igual, pero con retenciones más altas que luego se recuperan; con ellos, todo cuadra desde el primer mes.
3. El seguro médico, que no es opcional
En Alemania el seguro médico es obligatorio para todos los residentes, y conviene entender la diferencia entre los dos sistemas. El seguro público (gesetzliche Krankenversicherung, GKV) cubre a la mayoría de los trabajadores por cuenta ajena: la cuota es un porcentaje del sueldo, lo paga a medias el empleado y la empresa, e incluye sin coste extra a cónyuge e hijos sin ingresos. El seguro privado (private Krankenversicherung, PKV) está pensado para autónomos, funcionarios y quienes superan cierto umbral de ingresos; ofrece prestaciones más amplias pero con primas que crecen con la edad. Para la inmensa mayoría de quien llega a trabajar, la opción sensata es una caja pública —AOK, TK, Barmer y otras— y vale la pena comparar antes de elegir, porque el servicio y los extras varían.
La Tarjeta Sanitaria Europea cubre solo lo imprescindible y durante un tiempo limitado: sirve para los primeros días, no para residir. En cuanto haya contrato de trabajo, el seguro alemán debe estar en marcha.
4. La cuenta bancaria
Con el certificado de empadronamiento y el pasaporte ya se puede abrir una cuenta corriente (Girokonto). Los bancos tradicionales conviven con bancos digitales que permiten abrirla en minutos desde el móvil y en inglés, algo cómodo mientras el alemán aún flojea. La cuenta es imprescindible para cobrar la nómina, domiciliar el alquiler y pagar casi todo: aunque Alemania sigue siendo, sorprendentemente, un país donde el efectivo manda en muchos comercios pequeños, las facturas recurrentes se pagan por transferencia o domiciliación (Lastschrift).
5. El piso: la parte más difícil
Encontrar vivienda es, con diferencia, el mayor reto en ciudades como Berlín, Múnich, Hamburgo o Fráncfort, donde la demanda supera con creces la oferta. El alquiler se anuncia como Kaltmiete (renta «fría», sin gastos) más Nebenkosten (comunidad, calefacción, agua), y la suma de ambas es la Warmmiete. La fianza (Kaution) suele equivaler a tres meses de renta fría. Para una vivienda estable, el casero pedirá casi siempre tres documentos: las últimas nóminas, un informe de solvencia (SCHUFA) y, a veces, una carta del casero anterior. Como conseguir todo eso recién llegado es complicado, muchos empiezan en una habitación de piso compartido (WG) o en un alquiler temporal amueblado, y buscan algo definitivo con calma una vez asentados.
El orden importa más que la prisa
Visto en conjunto, el laberinto tiene una salida clara: primero un techo, aunque sea provisional; con él, el empadronamiento; con el certificado, el número fiscal, la cuenta y el seguro; y, en paralelo, la búsqueda del piso definitivo. Nada de esto se resuelve en una semana, y casi todo va más rodado cuando uno se maneja en el idioma —por eso vale la pena empezar con el alemán incluso antes de llegar. Lo demás, las costumbres que no vienen en ningún formulario, se aprende conviviendo: de eso trata la sección de cultura.